NUEVO POEMARIO DE AUGUSTO RODRIGUEZ
"Cantos contra un dinosaurio ebrio"
Por: Siomara España
Cuando Augusto me pasó el dato de su poemario, me alegre muchisimo, no solo por que Augusto es un amigo entrañable, sino por que al fin la literatura joven ecuatoriana esta siendo vista desde afuera como lo que es, una literatura fresca, novedosa, que desecha todas esos falsos paradigmas que se habían establecido para la literatura local, un libro editado por "LA GARÚA "editorial española que ha percibido en la poesía de este guayaquileño, ese necesidad expresiva y existencial con que nacen los artistas verdaderos. ¡Urra, por la poesía ecuatoriana! ¡ bien por la obra de Augusto Rodriguez ! POEMAS DE AUGUSTO RODRIGUEZ
Mi padre
Mi padre murió en invierno
sólo sé que al fin descansó en la estrecha
cama de todos los días.
Ya no hay ruido, ni ceremonias,
ni pañuelos, ni rosas blancas.
Al fin, dije yo, descansó de las deudas,
de los vicios, de la burocracia.
Mi padre murió en una pequeña alcoba
donde sólo quedan remedios, jeringuillas,
alcohol, drogas,
sus manos frías, abiertas
y vacías que me tocan con ternura.
Unos ojos blancos y amarillos
inyectados de muerte.
Un cáncer que no silencia
su victoria de sangre, de carne,
de vejez inconclusa.
Todos los relojes dan la misma hora
y retroceden el tiempo,
cuando mi padre no era mi padre
y simplemente era un hombre
lleno de energía
que se abría paso ante esta vida.
Mi padre murió en una alcoba de hielo
y su cuerpo cada vez se adelgaza,
se empequeñece, se evapora,
se disuelve en el aire vacío de la nada,
la lámpara de la alcoba
juega con la materia de su piel.
Sus dientes amarillos
llenos de cáncer me sonríen
yo le sonrío
temblando de miedo
aunque de a poco
se convierta en polvo fugaz.
Mi padre murió en invierno
solo sé que al fin descansó en la estrecha
cama de todos los días.
Mi madre
Mi madre llora
en un rincón de la cocina
su cuerpo se hace pequeño
muy pequeño
casi diminuto
sus manos tiemblan
sobre su mismo eje.
Su voz suena envenenada
por las palabras verdes de mi padre
yo trato de consolarla
pero no hay consuelo.
Mi madre desea marcharse de casa
yo trato de detenerla
pero no tengo resultados.
Mi madre es un río caudaloso
que no tendrá nunca
salida al mar.
El regreso
Yo soy el hombre
que se entregó con furia
y placer a sus amantes.
Donde ofrecí mis dones,
mis desequilibrios y mis locuras.
Si solo pudiera escribir un poema
que me devolviera a la infancia
y pudiera sumergirme hasta los huesos
y no regresar nunca.
Y volviera a ser un niño
esperando la hora de jugar,
de reír o de bailar
esperando la gloria de este mundo.
Pero aquí estoy enfermo
y solo caigo en este mar de la vejez.
Solo te pido infancia que llegues pronto.
Te prometo que hoy,
sí escaparé contigo.
Beberé mi infancia
La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
con horas extras que vive moribundo
en su quinta guerra mundial.
Soy un demonio de cuerpo invisible
que se sumerge en el dolor de sus asesinatos,
de sus heridas profundas, de sus úlceras.
Solo estoy en compañía de mis fantasmas
donde sólo beberé mi infancia.
Los muertos duermen, descansan en sus guaridas,
con hambre se vuelven cazadores violentos.
Lo sé porque yo también soy otro muerto,
que en cada estación va dejando un amor falso,
un hijo mal parido,
un muerto más para los obituarios.
La ciudad y Dios duermen
y yo solo soy un vagabundo
que tiene miedo de seguir viviendo
y que solo pretende cerrar los ojos
y descansar a orillas del río X
Me dicen que estoy muerto
pero que debo seguir viviendo.
Solo sé que beberé mi infancia
y desapareceré ante los millones de ojos
de buitres de esta ciudad.
Esqueletos enterrados
Ellos no llegarán a la cita
seguramente porque se fugaron
de la fiesta con la puta más barata.
Encontrarán alguna mesa
y beberán aguardiente
e intentarán cruzar al otro mundo.
Sé que no se escaparán
porque todavía les falta mucho por beber
por amar por copular por escribir.
Siempre los recordaré
como los pequeños magos de la miseria
que inventaron con su cuerpo desnudo
el mejor poema para ganar la victoria
como nuestros héroes,
para no quitarse las máscaras
ante los monstruos de cinco cabezas.
Pero un día no volverán
y yo tampoco volveré a verlos
como los he visto.
Sólo serán decenas
de esqueletos enterrados en este mundo.
Algun día se sentarán a la orilla del mar
a leer sus mejores poemas.
No seremos nosotros.
Decadente descenso
Este andar de los huesos
este andar de la carne
este escalar los siglos
y venir de tan lejos en abuelos perdidos
Vicente Huidobro
Vagaremos sin rumbo
sin señas sin recuerdos sin infancias
por esta ciudad abierta de piernas
como mujer ninfómana o enloquecida por amor
con nuestros cansados soliloquios
para libertinos o yeguas de la Apocalipsis
Vagabundear por esta ciudad
que nos mira con los ojos en llamas
y nosotros locos o ebrios
seguiremos prematuros
sin nervios sin párpados sin riñones
solo para seguir en nuestro decadente descenso
y seguir naufragantes dispersos fantasmales
para tan solo caer de cabeza y sin entrañas
perdidos golondrinos abandonados
suplicantes por seguir este viaje a ninguna parte
sin rumbo sin brújula sin mapa territorial
En busca tal vez del abuelo fallecido
del padre canceroso o de una puta asesina
en esta ciudad muerta o de muerte
tan solo seguiremos como un soldado moribundo
o un apostador sin su as bajo la manga
ante el crudo aguacero que nos odia
o de la tormenta de acero que nos decapita
Comentarios sobre su obra :
Escribe con rabia e ironiza con dolor. Dando otra vuelta de tuerca al malditismo dirty, nutriéndose de un escepticismo no por radical menos romántico, cada poema de este libro es una respiración ansiosa, un animal contradictorio. Todo lo que hay de extrema venganza en ellos, lo hay también de amor desolado, de emoción superviviente. La voz de estos cantos ebrios parece asistir a todas las muertes y enterrarlas una a una, como si el poeta fuera un sepulturero de mitos desgarrados y figuras paternas. Pero, por debajo (o por encima) de todas las furias de su grito, una melancolía errante silba pidiendo compañía”.
Andrés Neuman Granada, España
“Cuenta la tradición que el Buda permaneció siete semanas en el paranirvâna o «área del despertar», porque en lugar de salvarse a sí mismo quiso convertir su descubrimiento en una doctrina que salvaría al mundo: despertar para liberarse del dolor. Por eso los poemas de Augusto Rodríguez nos perfuman de paz y beatitud, porque sólo después de chapotear en los abyectos pantanos del karma es posible alcanzar la iluminación mística. Cantos contra un dinosaurio ebrio es el inventario de todas las blasfemias y aberraciones que garantizan la redención. Sus poemas son los alfileres que aseguran la paz de la mariposa”.
Fernando Iwasaki Sevilla, España
“Aquí está Augusto Rodríguez: Rápido y maldito, chispeante y justiciero, sensible y escéptico, fatalista y pop, más comunicativo que una web y puentes trasatlánticos, enérgico y de ternura solapada, pero sobre todo, original y fresco. Un poeta ecuatoriano para leer de mañana, como un café fuerte que nos deja levitando todo el día”.
Antonio Skármeta Santiago de Chile
“Como a los poetas sólo hay que creerles cuando escriben porque lo que escriben es verdad, creo lo que me confidencia Augusto Rodríguez en sus Cantos contra un dinosaurio ebrio. Sobre todo creo en su poesía y espero que sea una voz entre otras voces que han emprendido este viejo oficio de incertidumbres de ser poeta en un Guayaquil empecinado en renovarse como ciudad (una ciudad que ya no es la ciudad que nostalgizo) pero que sigue siendo fiel a una perenne tradición-identidad aún por descubrir y por alcanzar. Ahora con el vagabundeo de una palabra, la de Augusto Rodríguez, ensimismada en verter sobre el papel la pus existencial de quien sabe que desde el mismo nacimiento hemos empezado a morir sin atenuantes. Lo cual si bien es ya un lugar común no por eso podrá consolarnos”.
Fernando Nieto Cadena Isla, ciudad y puerto del Carmen, Campeche, México(Un fragmento del prólogo del libro)
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